1. Donde se le echó la culpa de todo a Sara Correa

Aquel día decidí echarle la culpa de todo a Sara Correa. No que ella tuviera la culpa de mi despiste, ni lo más mínimo, pero habíamos dicho que había que acusar a alguien en falso, aunque fuera verdad. Bueno, no era así. Era acusar en falso de algo que fuera verdad, que no es lo mismo, aunque lo parezca. Pero para ver las diferencias, a veces hay que pensar mucho.  A León Roldós aquello le había parecido extremadamente interesante. Al fin y al cabo, la verdad era extremadamente compleja, y muy difícil de decir, y era cierto que de esa manera, algo se decía que quería decir otra cosa que en el fondo, en el fondo, decía exactamente lo que era. Al fin y al cabo había sido Sara Correa quien había decidido hacerme muchas preguntas aquel día, y entre aquellas, que cual fuera el peor alumno. Y cómo lo sabría yo, pensé, que acababa de llegar, y mientras pensaba, ella dijo ‘la lagartija’, y contesté: “Seguro que no.” Mas ella insistió, miré la clase por ver si alguien decía no estar de acuerdo, y como no protestó nadie, dije que bueno, que porque ella lo decía. 

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Que ello terminara por ser publicado en algún pequeño newspaper de la penúltima clase al fondo a la izquierda de un ilusorio colegio situado entre cientos y miles de iguanas milenarias y poblado de árboles que llegaban hasta las nubes, o incluso más allá, cuyos mangos caían encima de las cabezas solo y solamente de aquellos que llegaban tarde, echándosele la culpa luego a los profesores de los coscorrones causados por no ofender el milenario rasgar el aire de las mitológicas criaturas, no causó en un principio ningún ruido, salvo aquel de unas risillas contenidas de alguna madre, que simplemente se quedó pensando que vaya gracia que alguien pudiese osar decir semejante evidencia.

Pues ‘la lagartija’, y es que los nombres de los seres importantes se cubren de motes incluso pareciendo villanos, pues sabemos bien que lo de la altura se disimula de las mas execrables maneras precisamente por no atraer la codicia de los desalmados, no era nada mas y nada menos que la hija del tirano que gobernaba desde las rejas férreas de la indiferente mirada aquel paraíso sometido a la prueba tenaz de su existencia a través de fuegos, llamas y brasas, queriendo sacar del grito de lo inhumado la prueba evidente de la fuerza inherente a los sueños, la fantasía y las ilusiones. “Aunque fuesen vanas,” apuntó Javier Moscoso. 

La burlona risilla contenida de Chris Philipps de Wiener, se cristalizó extrañamente en una vaga expresión vagamente sorprendida de la Sra Bohorquez, quien se encontraba en ese momento al lado de la Sra esposa del tirano, a la cual nada gustó el comentario, que le pareció: “Desplazado, amargado e incluso cínico, a su entender.” Y aunque ‘la lagartija’ hubiese escondido el newspaper debajo de la cama o en algún otro lugar, fue su madre con inusitada avidez, (quizá por eso, pues las madres siempre sienten lo que los hijos esconden, y hay niños ya tan avisados y otros tan malos, que saben atraer las furias de sus padres por movimientos y gestos bien ordenados sobre aquellos que les molestan o desagradan, o simplemente ponen en peligro su pequeña funcionalidad aparente de hijos de tirano, título a la larga, harto aburrido y pesado, si bien se considera) a rebuscar por todas partes, lo encontró y expuso su evidente descontento delante del tirano, quien frunció la ceja, pues molestásele mientras cenare, y no dijo nada. Más ella dijo: “Yo a esa la echo.” Aunque no sabemos si era él quien lo pensaba, y ella solamente la voz que se atragantara con su silencio. 

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Pasaron muchas cosas después, que luego cuento. Chris de Wiener era una enigmática historia ya en si cristalizada desde hacía tiempo. Era hija de la Sra Lorin de Wiener, siendo Lorin el nombre de su esposo, y ‘de Wiener’ un extraño título obtenido en tiempos de guerra, o de después de la guerra, que son otra guerra, cuando escapando de un campo de concentración, rescatada por algún cuerpo de élite francés, que ya había muy pocos, quiso vengarse de un atroz suceso de la manera más adecuada. Confesando para si un evento que no le concerniese, pues hubiera puesto la reputación de aquella muy en entredicho y siendo la herida lacerante y difícil de curar, y la suya sin mancha ni oscuridad alguna y bien guardada, había pedido para los culpables en consejo de guerra la muerte, lo que se le concedió, como era justicia, dejando ella libres solamente aquellos que le parecieran de tan podrida naturaleza que continuasen con seguridad su labor aún después de la guerra, y en tiempos de paz: “Y ahora, con las vuestras.” Pensó. Y se quedó más ancha que larga, se rió, brindó con los franceses que le hicieron honor de tan honorífico título que pensó ampliamente merecerse, y se fue bien lejos con su reputación en tierra de galos algo manchada, mas ligeramente inconsciente de ese hecho. La tierra donde llegó se llamaba ‘Sagaland’, lugar donde todavía había cocodrilos y dragones y musas que tocaban el harpa, peces espada, tiburones, estrellas que se caían del cielo y aterrizaban en el jardín de la casa, y algún príncipe azul bien escondido. Se casó dignamente, tuvo una hija, hizo una inmensa fortuna que hasta compró miles de hectáreas de tierras donde crecían guisantes, lentejas y zanahorias y otras cosas, tres o cuatro minas de plata, una de oro, algún molino de viento y un molinillo, un yacimiento de piedren de muchos colores que vendía a cambio de extrañas maquinarias que extrañaban a las gentes del lugar, y cuyo pasmo causado siempre fue causa de gran hilaridad para la Sra de Wiener, que llevaba una herida que sangraba sin embargo en el fondo de su corazón, como rubíes congelados en una niebla atravesada por un musgo extraño. Nunca quiso que su hija supiese de riquezas. La educó haciéndola creer que eran una modesta familia sin muchas ambiciones ni comodidades, y sin querer que viese el llanto hecho pétalos que amanecía con ella, cuando ella amanecía. Y la llamó de Wiener, convenciéndola además de que se casara convenciendo a su marido de que pusieran su nombre delante, y así, ella llamándose Philipps de Wiener, sus hijas continuasen llamándose de Wiener por tradición de familia y respeto a la abuela, jugando con el hecho de que el lugareño entendiese Philipps por su nombre propio, y de Wiener siendo, que estaba casada con Wiener, y por otro lado, que fuera de padre Philipps y madre de Wiener, sin que jamás nadie osare aclarar realmente la situación, pues siendo indiscreta la pregunta. Como además la Sra Lorin de Wiener nunca se presentaba con su verdadero nombre en sociedad, pues nadie sabía pronunciarlo, se había compuesto un nombre postizo, que era un juego de palabras, hecho de Lo f r, edo, por darle una terminación española, que era un mejunje hecho de ciertas letras de Lorin, con la f incrustada, jugando con un lor significando alabanza en algún extraño idioma antiguo hecho en parte también de fantasía. Algunos chiflados decían que la hija de Wiener estaba loca, porque se llamaba de Wiener cuando todo el mundo sabía que era hija de Lofredo, y ella lo sabía, mas no entendía, y miraba a su madre como si quisiera preguntarle algo, pero sabía que no se atrevía a confrontarla con la atrocidad de la verdad que le causaban las insidiosas insinuaciones de aquellos. Y aún más malabarismos causaba el hecho de tener que presentar a su madre como siendo la de su marido, por razones sociales, y sobre todo por las chiquitas, que ya oyendo que oían cientos y cientos de nombres multicolores, no sabían cual asociarse, si por accidente, si por esencia. 

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Aquel día los tanques habían rodeado el colegio porque un chiquillo, Maximiliano Lin, había ido a decir a unos policías, que habían matado a la Frau Kasten y la habían enterrado en el Sportplatz, a lo cual los policías dieron crédito de increíble manera, y es que no sabían que precisamente el mismo Maximiliano había excusado su ausencia diciendo que había tenido que enterrar a su perro en el jardín, lo cual me había creído, pensando que todo era posible, y me había reído mucho cuando descubrí mi tontería. Quizá no fue Maximiliano, sino su amigo Javier Moscoso, quien fue a la policía, o ambos, porque uno había dicho que había oído a sus padres decir que la Frau Kasten se había muerto, y otro, ‘que hacía mucho tiempo’, y  otro, ‘que entonces como había estado ahí’, y finalmente Lorella Torres había conseguido tener una versión más completa según la cual, los griegos habían dicho que la Frau Kasten se había caído en un pozo muy profundo, que la habían cristianamente sepultado echando un poco de tierra por encima, y habían avisado a quien les había extorcado semejante información, aquellos no sabiendo que en griego, thapsimo, es enterrar a alguien también de puro decir mentiras, hasta que se le olvida a alguien el nombre, y que para ellos, caerse en el pozo es algo como hundirse en las mas profundas profundidades de si mismo, hasta que se encuentran los pececillos de colores y las algas de los océanos desayunando con las tortugas galápagos. Asi que la Frau Kasten se había caído en un pozo y la habían zapseado mucho, porque el lugar aquel estaba tan lejos, tan lejos del mar, como a unos 12 kilómetros, que aquellos hirsutos hombres y mujeres no sabían entender los buceos entre las aguas de la Frau Kasten. Que nadie entendiese nada de los mundos reales y tangibles, no era culpa de nadie y menos de los griegos, y aún menos de los papüls que andaban todavía intentando elucidar el misterio de por qué se creían todas las mentiras empalagosas del ogrien, que había ido hasta Grecia para demostrar de manera evidente, que la Frau Kasten ahí presente, estaba muerta. Claro que había que ser tonto… Con todo ello, en evidencia, los chiquillos se habían asustado: se quisiera o no se habían hecho una conjugación mágica de profesor ideal completamente imaginario, al que la Frau Kasten se sometía con terrible paciencia, hasta que un día le dijeron que se sometiera a los ideales de gentes más mayores, a lo cual respondió con impaciencia, que por qué, si no enseñaba a aquellos. Esa es evidentemente la otra versión de la historia, en la que Sara Correa se lleva menos culpa, aunque claro, queriendo hacer de ciertos sobreentendidos completamente inocuos largas conversaciones filosóficas inexistentes. O sea que yo insisto en echarle la culpa a Sara Correa. 

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El policía se lo contó todo espantado a un militar de alto rango y muchos galones, que había pegado un gran puñetazo sobre la mesa y había dicho de un rugido surgido de la garganta de los leones de la selva: “Que ya valía de molestar a los tüds que luego se inventan unas historias para llamar la atención que no hay quien se las crea!!” (Con muchos más signos de exclamación.) Había inmediatamente saltado sin el permiso de nadie sobre cuatro tanques con sus ayudantes declarando un estado de extrema emergencia, y se había ido a dar vueltas alrededor del colegio a altas velocidades (menos mal que no había señales), de tal suerte que salía humo por los alrededores como si saltasen volcanes vivos entre las matas, lo que le valió a Ayda de Cherrez, que en ese momento miraba por la ventana del Kinder, la expresión: “Ya está. La tercera guerra mundial.” Y contestó Pía Andino, resignada: “Lo sabía…” Mientras las otras cantaban canciones de nana y hacían como si no pasase nada para que no se asustasen los chiquillos. Acto seguido un helicóptero había sobrevolado los lugares. Luego dijeron que yo había enviado una horda salvaje de fantasmas desquiciados, pero a no ser que saliesen del pozo aquel, no sé yo, de donde pudieran haber salido … Lejos de horda, el capitán Ramírez de más alto rango, dignamente con la gorra debajo del brazo, y sus cuatro hombres en formación habían mostrado sus credenciales con el aire, eso sí, seriamente congelado, exigiendo con la autoridad imperante que los llevasen al tirano, que habían dicho los chiquillos. Lo cual fue quizá malinterpretado por los guardias, que los llevaron directamente al director, el cual dijo: “Que no se llamaba de esa manera.” “En todo caso,” apuntó, esta vez sin disparar, el coronel Romero, “hagan el favor de desenterrar al muerto del pozo, para enterrarlo por lo menos en algún cristiano lugar, — aunque sea musulmán,” dijo tras un pausado silencio y mucha meditación, pues no sabiendo muy bien como comprender lo que dijeran los chiquillos, por … un musulmio. El director, asustado, cierto, pero guardando aún la compostura, dijo que no había ningún pozo en el lugar, y pidió el coronel el permiso de hacer la debida inspección, mientras la Sra de Arellanos contemplaba desde el segundo, y dejó salir entre los dientes un silbido angosto llevando las sílabas de: “Pues si que tiene contactos la Frau Kasten.”

(Ya me estaban echando la culpa otra vez de todo, pensé yo, que en ese momento estaba echando pestes contra un espía imaginario que me estaba revolviendo mis elucubraciones de pesadas maneras, si supiera solo la Sra de Arellanos que me pueden fusilar por conflagración universal y complot contra el estado con putsch militar incluído simplemente por comer chicle de modo demasiado audible, pero bueno, todo se explica con la emoción del momento, hasta el reniego, fíjate que decir que no me había conocido nunca, ella que me había hecho su hija y me había buscado hasta un hermano, no te digo, pero, no te digo — cría madres para que te saquen los ojos, digo yo, que diría mi madre.) Total, que hicieron los militares la inspección. Silvia Metz dijo encandilada que había militares en el colegio, y que por fin, por fin pasaba algo. A lo cual Catherine Arias dijo mucho menos entusiasmada, que, sí, que bueno, pero que si los mataban a todos, que qué iba a pasar después … “Pues que nos entierran como a la Frau Kasten,” dijo Sara Correa, mientras Andrea Barberán ponía cara de no hacerle ninguna gracia, y murmuró con las manos sobre las mejillas y los codos sobre el pupitre, que si en el mismo pozo también … Los militares seguían la ronda y no descubrieron más pozo que la fuente donde nadan pececillos de colores y el pajarillo de la Sra de Arellanos bebe agua mientras espía la llegada de aquella haciéndose el bobo. Y concluyeron que era difícil enterrar a alguien ahí. Dieron por finalizada su inspección, estrecharon amablemente la mano al director, que temblaba, y fueron a irse cuando oyose el agudo chillido de una niña.

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“La están degollando.” Dijo uno. “Haga lo necesario.” Corrió el subalterno y se encontró con la atroz imagen de un profesor agarrando por el cuello a una niña para que dejase de lloriquear y no llamase la atención de los militares. Ni corto ni perezoso, arrancó a la chiquilla de entre las manos del individuo, y dicen que le dio dos tortas bien dadas al profesor, pero yo ese extremo no me lo creo en exceso. Expuso lo sucedido al Superior, niña en ristre como testigo, y que viera las marcas. Se puso color granate el coronel y dio orden inmediata de arresto de lo que parecían los principales personajes del lugar, pues uniformados y bien presentados, cuales fueran María del Carmen Paz, la Sra de Arellanos, Myriam Chiriboga y Magali que se prestó voluntaria para acompañarlos si eso evitaba mayores desconciertos. A lo que accedieron los mencionados. “¿Aunque les cueste la vida?” preguntó el coronel oblicuamente. “Sí,” dijo el director. “Su nombre?” preguntó el militar. “Richter.” Y apuntó el otro: “Chiste.” Y no porque Richter significase juez en alemán, que fuera precisamente el chiste, sino porque no supo transponer la pronunciación debidamente al español, digamos. Y se fueron y encerraron a las tres o cuatro susodichas en una profunda y oscura mazmorra. Y dijo Myriam Chiriboga, que bueno, que también había vida en las prisiones mientras María del Carmen lloraba como una Madalena y la Sra de Arellanos la consolaba, Magali aprovechó para fumarse un cigarrillo, cosa que nunca había hecho en su vida, y se dijo que era muy guapo aquel del uniforme, y le preguntó cómo se llamaba, sin saber que eso estaba terminantemente prohibido.  La luz apenas se filtraba por un ventanuco en las alturas muy altas, y algún ratoncillo correteaba alegremente por las paredes, le pareció a Myriam más tarde. “Muchos han debido morir aquí,” dijo la Sra de Arellanos, a modo de consuelo, mientras le acariciaba la cabeza a María del Carmen, que no se dejaba consolar, lo cual era hasta cierto punto normal. “Fuera debe haber florecillas,” dijo Magali, soñadora, y le dijo al soldado sin que éste preguntara nada, que no se había casado nunca y cómo iban a dejar a una mujer así sin casarse morir en una oscura prisión. “Porque es la rectora, y las rectoras no se casan.” Contestó el militar tajantemente. “Pero tampoco las encierran en las mazmorras,” dijo Magali, “y además no soy rectora.” “Pues hace como si lo es.” Respondió sibilinamente el soldado, lo que Magali, de modestos orígenes, no supo si comprender como “que ya estaba haciendo de rectora sin querer” o “debía hacer de rectora”, y optó por lo segundo, comprendiendo a su entender por los marciales tonos en sus contables cuadrículas, que había que disimular mucho.  Pasaron la noche las unas abrazadas a las otras, sin que hiciera excesivo frío en los trópicos lugares, aunque unos voluntarios surgidos de la nada y asociados a una asociación sin querer hacerse pasar por abogados, puesto que aquesto prohibido, pretendieron ser de gentes contra la desforestación de la selva, ofrecieron unas mantas amablemente, que sirvieron tras mucha reflexión de cómodas almohadas.  Al alba se hizo un exhaustivo interrogatorio en el que una incomprensión se sumaba a la otra en un malabarismo que habría que analizar con más detalle, puesto que se sucedían sin cesar extrañas situaciones del estilo. Que dijo Myriam que la que mandaba era María del Carmen, pero ésta negaba ser la directora, lo cual produjo grandes dolores de cabeza. La Sra de Arellanos explicó que los directores eran alemanes y los que mandaban eran ecuatorianos. Y dijo la sargento: “Y qué mandan?” “Pues, cartas, paquetes …de todo un poco, Señora Sargento.” “Bueno.” A su nombre, Myriam respondió: “Pues ya sin nombre.” Como queriendo darle un tono amargo al no saber ya ni cómo se llamaba. Y se apuntó: “Pusya Sinomna.” “Esta debe ser rusa,” dijo la secretaria. A nadie se le preguntó la edad, por discreción. Y que todas eran ecuatorianas, aunque apuntase Myriam “que ella debía ser judía.” “¿Verde o pinta?” preguntó inocentemente la Sargento, que no comprendía muy bien que tenían que ver las alubias con el tertulio en cuestión, y lo apuntó al margen. “Pintar, pinto poco,” suspiró Myriam, sumida en sus reflexiones e intentando elucidar si había juicio final después de éste que le hacía mucho sufrir. Como María del Carmen no paraba de llorar, no dijo gran cosa, y solo repetía, que sus chiquillos, lo que conmovió profundamente las entrañas de la Sargento aunque no moviese una pestaña, pues eso no se hace en un juicio. Seguidamente ocurrió otra cosa extraña, que le dijeron a la Sra de Arellanos que si era familia del libertador de Arellanos, con ojos muy relucientes, y como viendo en ello casi un atisbo de esperanza, lo cual oscureció profundamente la vista de la Sra de Arellanos, y soltó varias intempestivas imprecaciones contra vaya usted a saber quien, traidorio del rey y de la patria, cobarde que se murió acribillado sin nadie que lo amare, afrancesado, y otras pestes más, que nadie entendió muy bien. Y que dejasen a cada cual con su dolor, que no había que poner el dedo en heridas antiguas. “Estas parecen muy antiguas,” pensó la Sargento, un tanto sorprendida, y esta vez frunciendo la ceja sin demasiada evidencia. Mientras tanto, en lugares aparte, donde los varones alternan con los varones, el Comandante hizo el debido interrogatorio para informe al soldado de guardia, el cual dijo, que aquella no estaba casada, y que no era rectora. Y que una se había pasado cantando la noche ‘por dios juro sagrada bandera’, lo cual era todo cierto, aunque finalmente terminasen por renegando de semejante extremo, no fuera que se pensase que lo habían hecho para adulzar los corazones ambientes. 

imagen-3512.gifSe hizo un tertulio, mientras aquellas esperaban a cierta distancia y silenciosas voces dejaban oír el zumbido de las moscas en la sala opaca y apenas iluminada, y dijo el Comandante: “Sargenta! Diga, que sean fusiladas!” y se levantó la Sargenta y dijo: “Qué sean fusiladas.” Y aunque alguien levantó una voz, nadie hizo el más mínimo caso, Myriam dijo: “Ya está, nada, hijas, hasta luego.” Y se abrazaron todas y se dieron un beso y se pusieron en fila y salieron cuando estaba amaneciendo.   Dos soldados las acompañaban. Ya piaban los pájaros. La Sra de Arellanos puso la mano en el pecho y dijo: “España.” Y Myriam agarraba a María del Carmen que se desvanecía. Y vino un tercer soldado. Y al Comandante: “Paredón!” Y levantaron los soldados los fusiles. Y: “Disparen!” Y dispararon al aire tres disparos, sonaron, que dijo la Sra de Arellanos, que cayó su pajarillo muerto sobre la hierba. “En marcha.” Y volvieron a la sala.

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