3. De cómo se busca al cabecilla del movimiento

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Entre tanto yo meditaba profundamente sobre las injusticias de la vida y me fumaba un cigarrillo detrás de otro intentando ordenar los sucesos acontecidos. En el fondo yo me había quedado en la ruta anterior, y le había echado la culpa a Sara Correa de que me hubiesen echado del colegio de incongruentes maneras, pues aquella publicación juvenil, había producido un remolino que había cruzado los océanos, la señora del tirano habiendo hecho traer expertos de todas partes del mundo para hacer constar por escrito que yo fuera al origen de un posible trauma irreversible en la psicología de ‘la lagartija’, y había incluso publicado sapientios escritos a través de otros según los cuales mi metodología traumaba a los niños por lo que se debieran tomar medidas rápidas y contundentes, y establecer parámetros exactos para así establecer un castigo adecuado, pues ello correspondía a una violación, sí, señores, a una violación del alma, y como no hay alma, del cuerpo, fíjense, y lloraba profundas lágrimas de cocodrilo a quien quisiera escucharla. Las autoridades alemanas se refirieron a las franceses, haciendo caso omiso de las inglesas, por lo que éstas terminaron por quejarse finalmente, aunque no les hicieran mucho caso. Me seguían por todas partes con cámaras, láseres y micrófonos, con trampas y trampillas, helicópteros y satélites, para establecer con precisión la medida de mi crimen y el eventual peligro implicado.

La Sra de Arellanos seguía con desprecio los movimientos vacuos de gente sin clase y me escondía en rellanos y recodos, en esquinas y pozos y agujeros, haciendo valer su autoridad de diablis (que más se sabe por viejo que por diablo) silencioso ordenando el conjunto con un gesto y un saludo. Cuando finalmente encontraron una inexistente excusa para interrumpir las clases de francés, una cólera azul granate se hizo semilla en mi corazón. Moviendo inteligentemente mis dedos plateados buscando auspicio y consejo en las iguanas cuyo idiomio había aprendido en mis peregrinajes por monasterios centenarios, me fui progresivamente callando, mirando solo de reojo a la Sra de Arellanos, no fuera que la involucrasen en mis oscuros planes de venganza y haciendo muy muchos disimulios me fui creando tarjetas y estados con sellos y estampas doradas, bien decidida a crear un estado tan irreal de las cosas, que terminases los enemigos por caer en las venenosas redes de los submundos imaginarios donde solo nacen los peces muertos y las focas degolladas.

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Cual Hamelín tocando su flauta fui enmagiando a niños y adultos de la tierra por senderos linderos sobre las altas montañas en mágicos reverberes hechos de cantos y de historias antiguas, mientras los peces cruzaban el Rin de un lado al otro, sin que nadie los pescase. La única que se percató de mis manejos fue la Sra Chris de Wiener que me miraba regocijada como si un halo de antaño hubiese abierto la ilusión a la esperanza. Un día me dijo que la abuela quería clases de francés. Y me reí y dije a los ochenta, y me reí, pero dije bueno, si sabía de antes. Le llevé hartos credenciales y documentos sabiendo que los destinos se forjan en graves silencios pensando que aun había gentes que tenían clase y sabían que las había. Miré la casa, le palpé el alma con la mirada, la engañé insinuando que nada tenía que perder igual, y se dejó. Así que me dejó darle clases particulares a la hija o nieta, o quien ya fuese, e iba todas las semanas a escuchar el chapoteo de las fuentes en el inteligente ligarse del vibrar de ciertas entonaciones. Y hablaba el mismo idiomio que yo, aunque un poco distinto. Asi que hicimos muchos planes, y me contó que era un gran ruins el business que tenía, porque se gastaban todo en publicidad y no vendían nada, y que cómo se lo iba a contar a la manüls. Evidentemente nunca me dijo nada parecido, pero yo me lo inventaba. Así que hicimos de la seguridad una cuestión de standing y de lujo, y había que acusarme de terrorista y psicópata para darle muchísimo miedo a la gente, y que comprasen muchos sistimios en si nada malos desarrollados por el señor esposo, que sabía mucho de seguridad pero poco de business. Como se acabaron también esos recursos, dijimos que era una mera cuestión de estética y además, que lucía bien el nombre de la empresa, aunque fuere, y que todo valía en negocios, por si acaso. Evidentemente nunca dijimos nada pero yo me figuraba muchas cosas y me divertía haciendo grandes ventas de sistemas de seguridad en mi estado irreal de las cosas donde la bazofia abre la boca y mueve el mundo y las verdades eternas sosegadamente calladas en el vientre de la modestia son machacadas por evidencias heladas como los espejos estallados. La Sra Chris de Wiener terminó por entrar en mi misterioso mundo donde todavía hay gnomos y brujas y nos paseábamos durante años buscando flores de cuya miel se hiciese alguna sonrisa nueva, aunque fuese envenenada. Evidentemente el marido no entendía nada de nuestro complot y terminó explotando cuando por una misteriosa coincidencia del destino individuos fantasmagóricos trayendo destellos fulgurantes de los bajos mundos se acercaron reverenciosamente para preguntar si se debiere … y no sé qué transacciones. Les dije que se ocuparan de sus asuntos que yo estaba dignamente representando el papel de profesorien y no me podía meter en berenjenales. Pero se me ahincó la pena con el dolor de alguno y me fui a echar un vistazo, y a mi gran horror y espanto, descubro que tienden una espantosa trampa a gentes que no llamara amigos, no sea que me involucrasen, pero de cuyo destino mi alma su mirada suspendía … de lejos.

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Una agente inglesa giraba aquella noche por el Hotel del Oroverde, siguiendo la pista dicen de alguien que hubiese robado el mayor diamante de la Corona de Inglaterra, que había sido sustituido por un circón. Un traficante de diamantes conversaba despreocupado con alguien que vivía en las torres de Kubrick. Su mujer de aquesta tierra revoloteaba por los derredores como una mariposa anunciando la muerte, sin que supiera cual fuera. Y dijo él, que no se preocupase. Cientos y miles de ojos ecuatorianos seguían por los pasillos plateados que habían surgido de las conversaciones con de Wiener los movimientos que se sucedían con la lentitud pesada de la cámara lenta. Y dije sin mover la mano, que era yo quien tenía el diamante, porque no murieran aquellos. Y me envenenaron aquella noche sin mucho dudar ni verificaciones. Lo cual me hizo mucha gracia, dije, que hicieran el favor de mejorar la dosis, que era variable según los organismos. Y antes de envenenar a la gente, que hicieran verificaciones, no fuera que terminasen por confundir las mafias con las autoridades competentes con alguna insigne excepción. El agente de Kubrick murió acuchillado aquella noche, ante los ojos horrorizados de la inglesa, que vio entrar un ente de unos 20 años, no específicamente hombre ni mujer, con una daga en las manos, que a la insultante expresión de aquel: “I don’t like men.” (No me gustan los hombres.) le hincó la daga en la espalda, diciendo: “I just came for the pleasure.” (Solo vine por el placer.) Y cuando expiraba, aun arrojó: “You called me.” (Tú me llamaste.) La inglesa se quedó pasmada, perdió conciencia, amaneció con un cuchillo en las manos y como aturdida, salió con gritos de la habitación y llegó a la recepción como en sangre pero sin manchas, del espanto solo, y se hicieron cargo los que allí estuvieran, llamaron a urgencias y la metieron en alguna clínica donde está aún recuperándose.

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Nunca pudo establecerse su identidad, ni la del que murió. Se encontraron varios diamantes en alguna habitación y poca pista más. El Hotel Oroverde se llevó una congratulación de los Servicios Secretos Americanos, cuya placa luce orgullosamente en la recepción, por razones evidentemente de publicidad, pues nadie se creyera semejante historio.  Avisé a la Sra de Wiener de que me había metido en un berenjenalien contra mi expreso deseo y voluntad, y que disculpase mi precipitado desaparecer no fuera que la involucrasen. Lancé perchas a las derechen e izquierden para que alejasen a todo el mundien de mi presencia, pero algunos insistían en quedarse lo que cerraba peligrosamente los círculos. El FBI nunca respondió a mi demanda de ver a algún panfiluncien para ver si se deshacía la madeja por lo que decidí enredarla aún más escondiendo pruebas y evidencias a ojos vistas en los calcetines de la abuela, y cajetines con llaves doradas y filigranas.  Tuve que cambiar de casa, buscando amparo que no molino, detrás de la Academia Naval, haciendo de la ciudadela un gran barco de madera llamado ‘Juan Sebastián Elcano’, recodo de mi fantasía donde habitaba mi tío, aquel que nunca llegó a almirante, porque a la gran diferencia del Ejército ecuatoriano que se podía permitir el lujo de lucir vicealmirantes, almirantes y contralmirantes, en España los almirantes nacían solo de la guerra, que no hubo. Mientras tanto habían nombrado a la Sra Isabel Valdez, jefa del Protocolo, y se ocupaba con gran discreción de ordenar realidades en conjunciones de relaciones sanamente establecidos según las antiguas tradiciones de tal modo que aquellos que súbitamente irrumpían en las casas de los demás sin aviso y con el fin de envenenar esta vez los oídos despreocupados de aquellos que todavía creían en la inocencia y la confianza, fuesen marcados a fuego con la marca ardiente de su mirada formando una z plateada sobre sus hombros, y de esa manera, fuesen condenados al séptimo infierno social (pues muy debidamente, le habían prohibido a la Sra Valdez el creer en Dios, aunque sí que lo hiciera, precisamente para que de esa manera los cielos y los infiernos para ella se encontrasen sobre la tierra, y poco dispuesta a creer que tuviera que esperar a que justicia se hiciera desde las eternidades, pusiera todos los humanos medios en que fueran todos debidamente castigados sobre la planicie de la existencia, cayendo en horrorosos abismos sociales donde el mentiroso, el difamador y el hipócrita terminase cocinando cucarachas por único alimento en el fango sucio cubierto de los harapos del desprecio y el desdén.) O sea que aquel día, mientras estaban todos somnolientos y creyendo que ya me habían devorado las águilas, o que me había arrojado en los brazos de los incas, los que degollaban a los vírgenes en los alto mitológico de las pirámides, me acerqué del Ministerio de Trabajo.

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No es que entendiera gran cosa: mi mundo era un mundo hecho de personajes heroicos que me había construido para poder vivir plácidamente la existencia y no dejarme sumergir por la creencia de deber sacrificar mi alma al Baal o al Moloch a la puntualidad y a los créditos. Así que nacían Zorros y Arturos, Migueles Strogoffs y guerras de las rosas en el cotidiano hacerse de las cosas, pues no quería imaginarme que se limitase la existencia al ir bien vestido y rellenar cuatro papeles. Me había dicho, por mis chiquillos, que eran precisamente los gnomos y duenden que visitaban mi misterioso territorio, trayendo mensajes con palomas voladoras y por otros medios aún más incongruentes, que era absolutamente necesario el hacer comprender a los papüls que Narnja era muy real: que había unas horrorosas brüjs que congelaban las almas, y que aún guardando las apariencias precisamente, había que saber meterse por los armarios y llegar a los dominios donde la fantasía figuraba con imágenes las terribles realidades que devoraban el alma. O sea que el Ministerio de Trabajo era un castillo con muchos guardianes donde en las salas superpuestas de pisos misteriosos personajes seguiendo de cerca algunos y otros más de lejos, juzgaban las causas según las tradiciones de los mayas con incrustaciones hispánicas seculares, hechas de la conversión gramatical del aletear de los pájaros y el roce de los pétalos en impertérritas estructuras emanando justicia de lo más alto. A priori se desconfiaba de todo el mundo, por si acaso. Se le cubría de una capa de barro que eran todas las sospechas que se podían tener de alguien, las miradas cruzadas insinuando muchas insinuaciones, y el juez vestido con una túnica negra sobre su trono dorado tenía escrito sobre un bastón un cartelito que decía: defiéndete. Y sobreentendía: si puedes. El juez evidentemente estaba en el último piso y no lo veía nadie, pero todo el mundo sabía que estaba ahí. Nunca decía absolutamente nada pues precisamente era la tradición que fuese el silencio del que surgiese la verdad luminosa de las neblinas oscuras de tanta sospecha. En las amplias salas de los pisos bajos, cuyos muros recubiertos de montones y montones de archivos y papeles empolvados recordaban con insistencia que nada se hace de un día para otro, que la verdad precisa de forjas y conocimientos de antaño, se guardaban debidamente las apariencias para que los observadores internacionales no pudieses acusar a nadie de inflexión en la justicia.

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Claro que los observadores internacionales no venían nunca, pues nadie se había percatado y para bien, de cómo se habían guardado tantas sabidurías en esos lugares apartados, pero por si acaso. Precisamente los observadores internacionales habrían acusado a tanta Autoridad de cómo era posible que un juez siguiese los asuntos desde los principios, pues ellos encerraban a los jueces en jaulas de cristal para que no se enterasen se nada, y luego el día del juicio, de una emanación súbita caída cual paloma materializada sobre sus testas, les diera la iluminación que hiciera una justicia un tanto aplomada. A lo que el juez de los lugares hubiera respondido con un desdeñoso silencio, quizá alegando, que cómo querían esas gentes que supiera cuan perjurio era el individuo que se osaba de tan villanas maneras a poner en entredicho el valor de las insignes autoridades y asociaciones diversas, quitándose el polvo de la túnica para esconder una sonrisa ante la cara atónita de los observadores internacionales delante de semejante palabreo que según mi madre habría valido por lo menos, sí, por lo menos, dos ducados en oro. Y es que nadie sabía que en este encantado lugar lo que valía era aún la palabra y no tanto documentio firmado y tanto papelorio, es decir que lo segundo eran las trampillas precisamente para debidamente sopesar si alguien además de pegar muchas gritos sabía guardar las apariencias, o si algunos, excesivamente villanos, utilizaban tortuosos senderos para engañar a otros por medio del querer hacer prevalecer exigencias en el proceder sobre la palabra, y así hacerle caer en el lodo del ridículo. Claro que nadie sabía tampoco que eso del proceder tenía también su gracia: los franceses, que hacía tiempo habían olvidado como sopesar palabras y analizar espíritus mascando los sobreentendidos como si fueran hojas de coca en las alturas bolivianas, habían hecho de la justicia un puntual tener que hacer y decir según senderos y caminos bien precisos, juzgando la presencia de espíritu y pues la justicia por el hecho de que alguien, aún sometido a las más altas presiones psicológicas y otras, fuese capaz aún de acordarse del día que era, lo cual en si tenía ya el suficiente mérito como para que se le atribuyese justicia independientemente de los crímenes que hubiese cometido. Así, en las salas de justicia resuena aún el grito del fiscal diciendo: “Objection! Erreur de procedure!” (Objeción, error en el proceder.) Cuya cantidad era apuntada con matemática precisión por el escriba, hasta que al final se sopesaba quien había hecho más o menos y así se hacía justicia. Cada cual su manera. Los griegos a su vez tenían otro sistema, que consistía en palpar el sentir del pueblo siempre en la sala presente, que con sus murmuros y comentarios, sus reacciones y atenciones daba las señales exactas de su percepción y así juzgaban los jueces hasta que ciertos malvados con aires de iluminados salidos de las escuelas italianas quisieron  pervertir el sistema pretendiendo, que qué sabía el pueblo. Pero la justicia griega resistió impertérrita a los ataques malignos de unas gentes sin inteligencia ni comprensión de las cosas.  Finalmente los observadores internacionales fueron invitados a que contemplasen de lejos el rutilante y vacilante castillo, último pulmón de la justicia del que respiraba la tierra entera, sin que supiera el juez que precisamente llevaba causas seculares e internacionales que debía sopesar disimuladas bajo la inocua apariencia de pequeños problemas de trabajo, lo que explicaba su cansancio. Se les permitió incluso hacer preguntas, aunque a tres metros de distancia, y respondiendo el silencio del juez a través de la palabra mágica inspirada de la escriba, que se encontraba a sus pies sobre un cojín morado con borlas doradas. Así que estos preguntaron que cómo era posible que se hicieran negocios sin contratos, y contestó aquel, porque se fían. Y aquellos, ¿y si los engañan? Y respondieron: No vuelven a hacer negocio. A la cual pasmosa evidencia los observadores internacionales no supieron qué decir, no sabiendo empero, que precisamente y en justicia, el juez disponía de decenas y decenas de informadores que le iban contando lo que observaban y oían, que había santos esparcidos por las estaciones de autobuses y entre los entresijos de los almacenes multicolores llevando una señal sobre la frente, que fuera ‘es justo’ pues así probado después de múltiples calvarios y sufrimientos por los que había pasado, tras los cuales, otro juez, situado en las altas montañas entre las nieves eternas, tras haberse fumado una pipa, había puesto la marca que era ‘tiene aura’, y ellos volvían caminando y silbando entre los matojos a situarse en lugares estratégicos, hacia los cuales el juez tenía acceso a través de signos mágicos y otros mas tangibles. Por lo que cuando el juez recibía informaciones, mandaba un ángel que dijera. “Dicen!” Y se llevaba al sospechoso por muchos caminos hasta que un santo contestaba. “Es!” O, “No es!” Según fuera el caso. Y el juez se fiaba sin dudar ni lo más mínimo de lo que transmitían las voces, y nunca se habían confundido, pues la única vez que sucedió, hacía muchísimo tiempo, los santos habían traído a unos extranjeros para que matasen al culpable de haberse dejado llevar por los espíritus malignos, y así murió Atahualpa de la mano de los extranjeros. Desde entonces, se habían separado los poderes, y los reyes ya no eran jueces, y los jueces a su vez eran dos, el que miraba desde lo alto, y el otro, que era el ‘intérprete’ para las castellanas mentes. A los españoles se les había impuesto el sistema, y les pareció justo, de tal manera que cuando perversos corazones intentaron de nuevo obnubilar las mentes de jueces y santos, aquellos fueron derrotados precisamente por los llamados héroes del Pichincha, que eran ellos mismos y algunos soldados. Pero todo eso los extranjeros no lo saben, y además no demasiados de la tierra, aunque sí los indígenas que guardan todos los secretos. Porque la tierra no juzga, dicen, según lo que haces, mas según lo que Dios quiere que hagas, y es la pretensión a que no fuese Dios quien guiase tus pasos, lo que se cristaliza en acciones malas y perversas, sin que jamás se pueda decir que el matar, fuese un homicidio, pues cómo dicen “acaso tú mismo el cáncer no arrancas de tu pecho si hiciera falta con los dientes, aunque sea parte de tu cuerpo, y células vivas, porque te están matando? Mas vale matar en el arrebato de la cólera que el espíritu te inspira que con la fría decisión de la mente, que no sabe pesar balanzas.” Los españoles habían objetado que debido al transcurrir de la historia, el alma del hombre se había pervertido, y que fuertes estructuras de la mente permitían el restablecer del orden. Habían accedido los indios, habiéndolo observado, mas habían enviado un mensajero diciendo: “Es soporte.” Y cuando se barruntaba que algún poder en exceso derretía las sólidas estructuras establecidas e injusticia se avecinaba, el indio al justo cogía haciendo alarde de milagros y magias, y se lo llevaba por la selva y por senderillos oscuros, para probar su inocencia, y establecida, si fuere, le daban cobijo entre los montes. Y los españoles habían aceptado. Y así fue como se organizó durante siglos, mas se les olvidó que son poderes de la tierra los que salvaguardan nuestros secretos, puesto que a reyes y príncipes en gran desprecio tenían, por verlos apegados a las riquezas, de tal modo que se convirtió la justicia de ésta tierra en justicia para la tierra entera, ya que nadie ponía las debidas fronteras que determinases con claridad cuales causas y cuales no incumbieran su dominio, llevados quizá por algún sentimiento de pena, mas objeté diciendo: que cada cual cargue con las consecuencias de su justicia, que es justicia leche y miel de la que se alimenta el pueblo, y si a ello no das cabida que devore la guerra y la injusticia, y sea modo para que aprendan. Y aquellos se enfadaron, y dijeron: pues si es mío el poder, yo te quito pan y sal, y que mueras por no distribuir lo tuyo. Y se rieron los santos y dijeron: mas es pan y sal lo que surge de mis manantiales, y se callaron aquellos. Pero rugían los lobos y las hienas en los campos colindantes, y con hachas y capuchas en la noche, muerte se daba a las almas inocentes. Por lo que los chiquillos de rodillas en los linderos, a voces paganas u otras clemencia pidieron, diciendo, “Santo! En mi nombre. Que se comen las almas.” E iban sacando de los pozos y las grutas aquellos que una extraña melaza de injusticia de otros cubría sin que los ojos milenarios aquesto pudieran discernir, precisamente porque otros cuya podredumbre la médula comía no hicieran alianzas sangrientas con el extranjero y a golpes de mentira la sangre de la paz para si comiera que solo de justicia nacía. Y accedieron las esferas, durante un rato. Así que enviado de Oriente, ‘apostalmeno’ de otras tierras, hincó rodillas diciendo, que se accediera, que la injusticia ciega los ojos y las mentes de tal suerte que solo distinguen colores y destellos relucientes, maldición maya sobre los engaños traídos, que cogían, mas diciendo: “Y creyeras que largo tiempo con esto sobrevivieras?”, y que la furia de los celos maldades desarrolla que roban la alegría de los ojos, y que fuera pues a bien, dejar que algunos justos se vistieran con grandes muestras de poderes y luces y materias vanas, para imponer derecho sobre las naciones que solo por las apariencias se guían. 

imagen-2014.gifimagen-2014.gif         imagen-2014.gifY hubo en silencio. Durante estas transacciones, aquellos que se encontraban en las prisiones de la Quichibamba obtuvieron el permiso de que se revisara su caso, pues hubiera podido ser que se hubiesen dejado enviar por algún espíritu maléfico. Y se accedió, y a estos santos se los llamó ‘Dorados’, y había muchos chiquitos de ese modo, de doce y de dieciocho, que empero no conocían los procederes y había que ponerles al corriente, por lo que alzaron muchos gritos, diciendo que no había justicia y que iban a morir todos, y fue de obligación el llevarlos a todos a visitar los antiguos lugares, para que se pusiese en evidencia que maldades proferían aquellos que aún a educación pretendían, y dijo Andrea Barberán: “Hay justicia.” Y se recogieron todos, y a los insignes papüls que habían de esa manera accedido a la petición de los chiquillos, se les puso una estrella distintiva según la cual parecían muy malos, malísimos, pero en el fondo entendían, y se les dio de hablar el idioma dicho asimio, para que también otros entendieran.  Evidentemente todo ello los extranjeros no lo sabemos, y llegamos con aires muy conocedores de justicia, ajena, y nos chocamos de perceptibles maneras con tradiciones ancestrales, buscando el modo de integrar nuestro desconocimiento a base de coscorrones. Mientras tanto los indios estaban gestando una insurrección porque no se respetaban las antiguas costumbres, de nuevo.  Enfin, que yo había ido aquel día al Ministerio de Trabajo. Me senté esperando la hora, recogiendo mi espíritu en silencio por captar de aquellos que estaban sentados a mi lado el modo con el que dirigían a los abogados en aquella sola somnolienta poblada de unos escritorios como descuidadamente distribuidos, donde un letrero lucía, que se colaborara con la voluntad al ejercicio de la justicia, en apariencia emanando de la Universidad estatal. Sin más que decir que hacer una pregunta, me informaron que la ruptura de contrato se pagaba según las leyes con la mitad de la suma de la cantidad que restara según el tiempo que aun quedase. Mas que intentara primero una reconciliación con el Colegio y trajera el contrato.  Escribí pues un correo electrónico al gerente administrativo, diciendo que se acordasen a la ley del país, y que pagasen, para que no llegase la cosa a mayores. Al cabo de muchos días un Asesor Legal contestó diciendo que hubiese satisfecho íntegramente lo debido según el derecho ecuatoriano.  Volví al Ministerio de Trabajo, aquella tarde de nuevo, buscando al abogado primero, al que no había podido contribuir con alguna suma voluntaria, pues fuera que seducida por las voces ancestrales aquel día, fui enviada a buscar al santo que se encontraba en los almacenes colindantes, al cual primero tenía que encontrar, por lo que me dejé pervertir por la idea de comprar un sony walkman, recuerdo de aquel que me había acompañado durante mi viaje a Jerusalén, y me mostraron un sony y otro, que parecían muy caros, y finalmente un jwin, que me daban por 23 dólares, lo cual me pareció justo, y al ir a comprarlo, el muchacho me llevó a otro lugar, donde una joven me lo dio, y me lo llevé. De nuevo me dejé llevar por la terrible tentación de comprar unos audífonos para escuchar con facilidad unas grabaciones que necesitaban de revisión, y esta vez me llevaron a otros lugares mas recónditos y escondidos donde un hombre de color ponía aun el rostro de aparentar vendiendo, y me sentó sobre una silla y me dijo de esperar. Así que estuve esperando mientras el mismo clavaba miles de agujas silenciosas en mi alma,  con su juicio. E intercambiamos varias palabras y le dije, que no podía comprar los audífonos, que no llevaba bastante dinero, que lo había gastado en el jwin, pero que volvería (si Dios me ayuda, pensé.) No me quedaban ni diez centavos, lo que haría que tendría que pagar el taxi después de haber encontrado algún billete suelto en mi casa. O sea que hice de Grande de España, y supuse, ‘es de ver.’ El abogado en cuestión empero no se encontraba aquel día en el despacho, lo que me sorprendió. En su lugar, una despampanante señora de unos cincuenta con una indumentaria un tanto transparente para mi comprender, aunque no en exceso sorprendida pues de uso en países balcánicos la presencia de ciertos bajos mundos o así pretendiendo en lugares de justicia, pues despreciadas por el injusto fácilmente dicen lo que se les atraganta éstos últimos, y así siendo más fácil el extorcarles confesiones inauditas delante de testigos dichos más fiables o más disimulados, solo pensé “Dios, que no aterrice ningún alemán por aquí.” Pues para ellos en estos sitios es de deber y obligación el llevar vestido protocolado, y otro, signo de desconocimiento de las leyes. Y la situación en general pareciéndome tomar un giro inesperado, puesto que la misma no llevándose por el recogimiento aquel observado y mantenido el primer día. Por otro lado, me dije, sin querer en exceso juzgar por las apariencias, que quizá las gentes se vistieran de otra manera en éste país en ciertos lugares. Dije que venía a poner una denuncia, y me dijo de esperar, que se ocupaba la abogada del caso. Lo que no hizo. Así, poco después, la misma, que se presentaría después bajo el nombre, aunque seguramente falso, de Gladys Freyre, se sentó con muestras de gran satisfacción y contentamiento delante de la imponente máquina de escribir del siglo XII que por ahí se encontraba, y se dispuso a formular la denuncia, eso sí, a mi gran sorpresa, sin siquiera pedir el contrato, que le mostré empero, siguiendo los titileos de las indicaciones del abogado anterior, y dijo que precisaba de traducción y ser notarizado.

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